• ATE

    27 de agosto de 2018

    Opinión

    Por Jesús Chirino

    Germán Abdala en Villa María

    En los discursos pronunciados en el marco de las manifestaciones públicas de repudio a los despidos de trabajadores y trabajadoras de la Fábrica Militar de Pólvoras de Villa María, más de una vez se recuerda la figura de Germán Abdala, emblema de la lucha contra las políticas neoliberales de los años 90. Referente insoslayable en la historia de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y una de las figuras fundantes de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA). Trabajador, militante sindical y político de gran estatura intelectual, nacido en Santa Teresita, provincia de Buenos Aires, en 1955, y fallecido en 1993 luego de sufrir una larga enfermedad y soportar numerosas intervenciones quirúrgicas. Fue un hombre de fuertes convicciones, claro discurso y un accionar coherente tanto en el mundo gremial como en lo político partidario

    Anchoas en el desierto

    Más allá de la responsabilidad que tomara en su desempeño sindical o político partidario, nunca se despojó de su identidad como integrante de la clase trabajadora. En diversas ocasiones visitó la ciudad de Villa María. La mayoría de las veces que pisó las calles de ésta, lo hizo por actividades relacionadas con lo gremial. Existe una filmación con parte de uno de sus discursos pronunciados aquí en 1990 siendo secretario general de la Asociación Trabajadores del Estado (ATE) de Capital Federal y diputado nacional. Dos años antes había sido reelecto en ese cargo gremial y en 1989 electo diputado por el Partido Justicialista.   Pero al poco tiempo de haber asumido el cargo legislativo, junto a otros compañeros, vio cómo gran parte del peronismo adhirió a una propuesta neoliberal liderada por Carlos Saúl Menem. En respuesta a esa situación, en diciembre de 1989, junto a otros siete diputados nacionales, se apartó del bloque oficialista integrando el grupo disidente “de los ocho”. De manera coherente también renunció a los cargos partidarios y a la afiliación del Partido Justicialista. Era claro que no podía acompañar a quienes abogaban por las privatizaciones, las relaciones estrechas con el imperialismo, los indultos para los represores y también la denominada “flexibilización laboral”. Todo ello era un claro desarme del sistema protectorio de los trabajadores, dejándolos sin defensa ante la codicia de quienes sólo pensaban en la maximización de los márgenes de ganancia para la patronal. La respuesta política de parte del oficialismo fue severa, es así que desde el bloque de diputados justicialistas repudiaron el apartamiento de los disidentes diciéndoles: “Van a comer anchoas en el desierto”. Pero nada de eso cambió la decisión de Germán y sus compañeros que mantuvieron la posición adoptada. Es más, redoblaron su esfuerzo y durante el primer semestre del año 1990 recorrieron el país para preparar el Encuentro Nacional de la Militancia que tuvo lugar en Villa María. Sabían que estaban en un batallar de largo aliento contra la racionalidad del neoliberalismo que no tiene nada de respeto por los trabajadores.

    Encuentro en la ciudad

    En aquella visita a Villa María lo acompañó, entre otros, su amigo y reconocido gremialista, Víctor de Gennaro, con quien compartió la lucha desde la Agrupación Nacional Unidad y Solidaridad de la Asociación Trabajadores del Estado (Anusate) que crearon en 1977. Organización que también integraban villamarienses como Oscar “Cacho” Mengarelli. Desde esa agrupación interna lucharon contra la entreguista burocracia sindical recuperando la conducción de ATE en 1984. Entre quienes fueron de la partida en aquel encuentro de la militancia, estaba Darío Alessandro, también integrante del grupo de los ocho diputados nacionales que rechazaban el giro liberal del justicialismo.

     

    Eran tiempos donde las argumentaciones del pretendido nuevo liberalismo poseían una inusitada fuerza, de allí la valoración de la posición de los militantes como Abdala que elevaron su voz denunciando y participando en la fundación de organizaciones que nuclearan trabajadores para resistir ese dañino discurso. Fue ese el caso de aquello que comenzó a gestarse a principios de los 90, primero en el “Encuentro de Burzaco”, luego en el “Congreso de los Trabajadores Argentinos” realizado en Rosario, que terminaría constituyendo la Central de Trabajadores de la Argentina.

    Cuando la racionalidad del neoliberalismo parecía cubrir todo el campo político de los partidos mayoritarios, la voz de Germán Abdala resonó fuerte en Villa María, señalando, con claridad que aquellas recetas que la racionalidad liberal proclamaba como verdades absolutas no lo eran. Que solo se trataba de la palabra de aquellos que querían implantar un modelo social desfavorable para las grandes mayorías. Abdala, un orgullo para el trabajador estatal, desmentía a aquellos que planteaban la muerte de las ideologías. A la vez desmontaba el discurso de quienes decían “que ya los problemas no son más entre los pobres y los ricos; ya no son más entre los explotados y los explotadores”. Abdala aclaraba que nada de eso era cierto, y dijo  “hoy aquí en Villa María hemos instalado este grito, donde las ideas no han muerto, nuestra memoria no está pisoteada, nuestro pasado nos da orgullo y -también- nuestro presente”. Germán inscribía la lucha de los trabajadores en una tradición plagada de valiosos hombres y mujeres de cuyo accionar despierta orgullo. Un pasado que, trabajo militante mediante, debe formar parte de la memoria del conjunto de los trabajadores, porque de allí no solo surgen inspiraciones sino que esclarecen las miradas acerca de la evolución de las problemáticas y las luchas. En aquella oportunidad Abdala dijo “no vamos a permitir que la amnesia de quienes se salvan dentro de esta sociedad nos mansillen, nos olviden…” esa memoria. Llamó a los trabajadores a reconocerse herederos “de todos los héroes, de todos los próceres que lucharon por un país distinto”. Entre otros nombró a Jorge Fernando Di Pascuale, dirigente sindical argentino del Sindicato de Farmacia, a John William Cooke y Atilio López, sindicalista que llegó a la vicegobernación de Córdoba y que fue asesinado por la Triple A.

    Contra la fatalidad

    En su discurso en Villa María, como lo hacía habitualmente, Abdala no solo planteó enorgullecerse del pasado de los trabajadores y ejercer la resistencia, instó a ir por más. Así es que pidió “salir de la resistencia, para poder plantearle, a esta sociedad, que no solo está el discurso de la derecha para explicar la crisis política. Sino que también, los sectores populares, tenemos una propuesta. Tenemos un planteo para explicar por qué hoy las dirigencias políticas, las dirigencias sociales, forman parte, todas, del mismo esquema de prebenda y de prostitución que han hecho que el conjunto de las masas dejen de creer en que es posible vivir en un país distinto. Este es nuestro compromiso…”. Convocó a militar, no solo a “dar buenos discursos” sino “encontrarnos en cada lugar, en cada barrio, en cada fábrica, en cada escuela, en cada universidad, en cada lugar donde está el pueblo porque nosotros apenas somos una puntita de ese pueblo que murmura, que late y que exige que haya una transformación en el país”. Demandaba compromiso militante y ejercía el propio hasta niveles inimaginables. Su palabra pedía ejercer esa militancia para “demostrar que el campo nacional y popular tiene un país que ofrecer… que es capaz de decir qué hacer con la deuda externa, con el comercio exterior, con los mercados, con los grupos económicos”.

    En su discurso, de corte clasista, Abdala señalaba que los trabajadores no vienen de la nada, que existe una historia del sector de la cual estar orgullosos, que se puede trascender la resistencia y debe militarse para hacer entender que desde los trabajadores se tiene un proyecto de país digno. Este profeta de la ética y la lucha con meridiana claridad supo señalar que “es preferible intentar un camino autónomo, propio, nuestro, que a lo mejor en principio sea tan doloroso como el otro. Pero el final del camino es nuestro, estamos construyendo nuestra nueva sociedad”. En aquel discurso desde Villa María cerró diciendo que quería “recordar a este poeta latinoamericano, nuestro -Pablo Neruda- que dijo podrán arrancar mil flores, pero no van a detener la primavera”.

    Pasados algunos años viene bien recordar aquellas enseñanzas de Abdala, revalorizar la historia de los trabajadores y rescatar experiencias de sus luchas. Las palabras de aquel dirigente ayudan a desmontar el halo de fatalidad con el cual se presentan decisiones que producen dolor en los trabajadores, y ganancias para aquellos sectores sociales que más tienen.


    Relacionados