• ATE

    26 de enero de 2021

    Opinión: Por Leticia Quagliaro

    * Por Leticia Quagliaro Secretaria de Relaciones Institucionales de la CTA-A provincia de Santa Fe – Presidenta de Unidad Popular

    El pasado viernes 15 de enero se conmemoraron los 96 años de nuestra querida ATE frente a la casa en la que vivió Germán Abdala, luego de comprarla con un crédito hipotecario, hasta los últimos días de su lamentable muerte. En este homenaje con la presencia de compañeres de todo país se habló desde el recuerdo, desde la militancia comprometida y desde las energías puestas en cada une de les que luchan.

    Y no es casualidad que se piense en Abdala desde la proyección de quienes fundaron en el Teatro Verdi de la Boca, una asociación que puso en política el valor indiscutido de la clase trabajadora.

    Portuarios -en su mayoría- anunciaron en el mismo momento que se aprobara la constitución del sindicato, un plan de lucha que emergía de las necesidades concretas ante las magras remuneraciones y malas condiciones de trabajo. Los jornales de ocho horas de trabajo, tiempo libre y de descanso era la ecuación perfecta que nos legaron los mártires de Chicago pero también los mártires de todo el mundo.

    La ola obrera comenzaba a transitar después de la revolución bolchevique, esa vieja idea de un mundo sin explotadores ni explotados. Esta sencilla y compleja labor que nos damos todos los días en la que los trabajadores puedan vivir sin los atropellos de los patrones. El teatro Verdi de la Boca, ese 25 de enero de 1925, fue una muestra cabal que la fundación de ATE iba en camino a disputar este sentido que los pioneros sellaron.

    Desde ese día tan particularmente político no nos fuimos nunca más. A 96 años de su nacimiento todos y todas, pensemos como pensemos, somos hijos e hijas de esta historia. Mi viejo lo sabía y lo fue construyendo a diferentes pasos.

    Su lectura estratégica sobre la clase, el peronismo y la política, en la que ATE fue su lugar central, nos dejó la enseñanza de que estemos donde estemos -sea sindicato, central obrera, partido político, dentro del Estado o trabajando en un lugar privado- la salida es política. Porque la que juega contra nuestros intereses no es ésta, sino la antipolítica.

    No debemos pecar de únicos e irremplazables en este momento destacado de la historia Argentina que nos dispara con la fundación de ATE. Sí erigirnos en un proceso de tormentas políticas que se sublevaron tanta veces como injusticias cometidas, en el despertar de generaciones que nos hicieron y nos hacen vibrar las vísceras elocuentes de la solidaridad entre quienes somos pares.

    Cuando él decía, “No basta participar un día de exaltación en la batalla si no se está preparado en cuerpo y alma para perseverar. El que se afloja pierde y el que se va es un cobarde”, era consciente de las necesidades de forjar lo que Jauretche transmitía en la cobija del paisano. Era transmitirle a los compañeros que nos necesitamos permanentes en las causas y en los cauces.

    Tampoco es casual la frase acuñada en el año 1977 con la fundación de ANUSATE: “Estamos abriendo un cauce para miles y miles de compañeros que hoy no conocemos”. Esto, en plena clandestinidad política, sin ser la primera pero si la más brava. Animarse a decir cauce es saber, después de años recorridos siendo protagonista y en donde pasaron golpes de Estado y rebeliones constantes como los Rosariazos, que la esperanza como motor de transformación es imprescindible en las más duras batallas.

    Esta historia de reinvenciones constantes se puede dimensionar en toda su construcción si valoramos la etapa política en la que estamos sumergidas mujeres y hombres, de las que nos tocaron vivir y las que vamos suponiendo cómo vivirlas.

    Mi viejo aprendió de eso en los semilleros de los que formó parte. La figura formadora de Alberto Belloni se destacaba en épocas de resistencia al sistema represivo que atacaba los intereses ganados en los gobiernos de Perón. La revolución libertadora puso un paño muy frío a la esperanza obrera. Allí nació la militancia de mi papá en la que se animó, como tantos militantes trabajadores, a ocupar un lugar en la política santafesina, fuera de lugar, del diario de ATE Rosario.

    En 1990 nace una experiencia que con el correr de los años fue la épica CTA. Mi padre fue uno de sus fundadores y es parte del legado auténtico que puso en marcha a la Central, cuando al fragor del neoliberalismo conservador los burócratas sindicales y empresarios inescrupulosos traicionaban el legado del cual había nacido el peronismo. La antipolítica se afirmaba con la obra maléfica de desmantelar el Estado, pero la resistencia -con la CTA como protagonista- mostraba en consonancia otros caminos posibles.

    Fue en esa década que Héctor se propuso, como tantos dirigentes gremiales, hacer una incursión partidaria al rescate de los valores en los que supo dimensionar en los hechos la justicia social. Lo que desembocaría más tarde, previo a la rebelión del 2001, en el protagonismo del FRENAPO que bien describe el diputado provincial Carlos Del Frade en el libro “El sueño colectivo inconcluso”.

    “Vivir como se habla”, decía el Viejo en cada acto en el que se le reconocía su lucha. Su legado ha llegado a mí. La experiencia de estos años en Unidad Popular me afirma que si la militancia se amalgama a la política, la posibilidad de los cambios no solo está determinada por el neoliberalismo. La crisis política que ha generado la pandemia, metida en la agenda diaria de los ciudadanos, es la demostración de que con el planeta no se puede ser arbitrario. La lucha social enraizada en los movimientos sociales, con la revolución feminista a la cabeza, expresa la dinámica y el deseo de que otro mundo es posible.


    Relacionados