• ATE

    7 de octubre de 2020

    Secretario de Formación ATE Nacional

    Opinión: Por Gustavo Quinteros

    Hacia los últimos días de septiembre de 2020, el Informe Técnico del INDEC sobre las condiciones de vida, la incidencia de la pobreza y la indigencia en 31 aglomerados urbanos de nuestro país durante el primer semestre del año, confirmaron lo que quienes transitamos dicha realidad, venimos enunciando y denunciando en cada rincón de nuestro territorio.

    La pobreza alcanza hoy en la Argentina el 40.9%, es decir que ni más ni menos, que 11.7 millones de compañerxs y sus familias, son pobres. El 30.4% de los hogares están por debajo de la línea de pobreza. Un tercio de nuestro país, no tiene pan suficiente para compartir en su mesa.

    Seguramente quienes estemos leyendo estas líneas podemos repasar mentalmente cómo se reflejan estos números en nuestra realidad cotidiana. La pérdida del poder adquisitivo de nuestros salarios que no llegan a alcanzar ni por lejos la inflación, la desolación en nuestrxs compañerxs en nuestros barrios, en nuestras charlas en los sectores de trabajo, en la desesperanza que pretenden instalar ante una realidad desbastadora, y reforzada por los medios de comunicación.

    Los datos son duros. La realidad también. Pero como ha dicho Germán lxs trabajadores sacamos fuerza de donde no tenemos, recreamos y reinventamos la vida permanentemente. Lo hemos hecho a lo largo de la historia y lo seguiremos haciendo. En reiteradas oportunidades afirmamos que nuestrxs compañerxs han sido la garantía de derechos individuales y colectivos desde siempre, pero mucho más claramente en el marco de la Pandemia. Garantía que solo puede concretarse construyendo un Estado más participativo y democrático, que tenga olor y color de pueblo.

    Ese pueblo, nuestro pueblo, no puede estar hundido en la desesperanza. Quienes creemos en otro modelo de país, no podemos aceptar ni convalidar estos datos como inexorables, como si la pobreza y el hambre han venido para quedarse. Nuestrxs compañerxs nos lo demandan, y nuestra historia también.

    A fines del año 1977, Héctor Quagliaro junto a un grupo de jóvenes esperanzadxs se plantaron ante lo inexorable y abrieron un cauce por el que transitarían miles de compañerxs, hasta hoy. Para algunxs podría parecer ingenuo o imprudente en un contexto cruelmente adverso. En cada etapa a su manera, en cada momento con su propuesta, la esencia sigue vigente: un cauce donde la democracia sindical es uno de sus componentes esenciales, pero es sobre todo, una propuesta de transformación de la sociedad, no meramente un sindicalismo reivindicativo, sino uno que ve al movimiento sindical como un instrumento de transformación.

    Antes del Golpe, la clase trabajadora discutía con los patrones y con el Estado un proyecto de país. Tenemos que recuperar esa capacidad, sacando fuerza de donde no las tenemos y reivindicando lo mejor de nuestra historia militante.

    A esos causes pertenecemos, ese camino que se abrió hace más de cuarenta años es el que seguimos transitando, urge hacer valer lo mejor de sus principios, aprender de los errores y seguir abriendo el camino para revertir las causas estructurales de un sistema que nos pone al límite y al margen de la discusión de la distribución de la riqueza.

    Hace pocas semanas, como equipo de la Secretaría de Formación del Consejo Directivo Nacional, participamos junto con organizaciones hermanas de Chile, de una experiencia formativa que nos deja la esperanza intacta de que ese cauce sigue abierto.

    El referente histórico de nuestra Central, el compañero Víctor de Gennaro, nos acompañó y compartió su experiencia y saberes surgidos de la misma, como así también las reflexiones urgentes para este tiempo. “No podíamos sólo decir lo que no queríamos, sino que teníamos que construir lo que si queremos”, dijo, agregando,  “tenemos que aprovechar este tiempo para debatir y entender qué fue lo que no hicimos bien, en qué nos equivocamos. Para entenderlo, para analizarlo. Poder resolver esas problemáticas es el desafío de esta época de una nueva oportunidad. En la Constituyente Social para nosotros estaba claro que podían participar todxs, pero su centralidad estaba en la Clase Trabajadora, y fue tal nuestra expectativa, que cuando se fracturó la CTA, la Constituyente Social quedó en stand by y empezó a diluirse. Se concibió un momento de desasosiego”.

    Estamos convencidxs que recuperar la centralidad de la clase trabajadora es el debate urgente y necesario. Porque como menciona también Víctor, no son los bancos, ni los patrones, ni el Estado, quien genera la riqueza. Somos lxs trabajadores quienes la generamos, y por ello tenemos derecho a discutir qué se hace con ella.

    La pobreza y el hambre no son el destino inexorable de nuestra clase si somos capaces de volver a construir una propuesta política que ponga en discusión la transformación de nuestra sociedad.

    Por último, rescatamos su frase final: “estamos en un tiempo de cambio: Sólo nos animamos a enfrentarnos a nuestras debilidades cuando hay un futuro esperanzador”. Estamos convencidxs de que ese es el camino. Porque seguimos creyendo que hay un país para cambiar, una sociedad nueva para construir, y un camino nuevo por alumbrar.  El cauce sigue abierto.


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